Cineasta Mexicano Alejandro Gonzalez Iñarritu   Leave a comment

 
 
Las producciones de Alejandro González Iñárritu están compuestas por personajes atormentados que sufren algún duelo interno y cuya vida se transforma a raíz de algún trágico acontecimiento.
 
por: Carla González Vargas
Fuente: Caras
http://www.esmas.com/caras/estelares/571772.html
 

El Negro’ era estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Ibero, su ‘onda’ era la hippie: tocaba la guitarra, tenía su banda de rock, lucía un peinado esponjado al estilo Lenny Kravitz, usaba alpargatas y jeans rotos. Fue en ese entonces, cuando Iñárritu conoce a otro estudiante que se volvería su socio y amigo de muchos años, se trataba de Martín Hernández. Juntos decidieron ir a hacer una prueba de locución para la estación de radio WFM (96.9), que por aquella época buscaba voces nuevas para un cambio de imagen. El casting se los haría Charo Fernández, quien recuerda ese día porque Alejandro tartamudeaba ante el micrófono y soltaba ocurrencias irreverentes y poco convencionales. La estación radiofónica, entonces manejada por Miguel Alemán Magnani, se volvería prácticamente una segunda casa para Alejandro. Dormía en las instalaciones y se entregaba a su trabajo de manera pasional, aunque no le pagaron sueldo durante su primer año de trabajo. Dos años después de haberse integrado a W-FM, González Iñárritu, de sólo 25 años, se volvió el director general de la estación, ante lo cual optó por abandonar su carrera universitaria. Todos los días llegaba al radio con ideas nuevas, apuntadas en cualquier pedazo de papel que había encontrado a la mano. En cuestión de muy poco tiempo, W-FM se convirtió en una de las estaciones de radio más populares de la fórmula modulada (quienes la escuchábamos, aún recordamos al ‘pavo asesino’ de las épocas navideñas). Desde aquellos ayeres, quienes trabajaban con él definen su personalidad como increíblemente creativa, algo neurótica, exigente, perseverante y controladora. El siguiente paso a seguir en la carrera de ‘El Negro’ fue la televisión, para la cual reinventó la imagen del canal 5 de </FONTTelevisa y dirigió el mediometraje Detrás del dinero, con Miguel Bosé como protagonista. Más tarde fundó con Martín Hernández la compañía productora Z Films, en donde se dedicó a escribir y dirigir comerciales (algunos de ellos aparecen en Amores perros). perros Por otro lado, después de tres años de trabajo y 36 tratamientos distintos del guión, Alejandro filma su primer largometraje, Amores perros. Para perros realizarlo, el cineasta supo agrupar a la gente correcta en el momento indicado, puesto que fue una película de lanzamiento para importantes talentos: en el guión, Guillermo Arriaga; en la fotografía, Rodrigo Prieto; en la música, Gustavo Santaolalla; y en el diseño de arte, Brigitte Broch; además de ser la producción que catapultó la carrera actoral de Gael García. Todos ellos son ahora figuras prominentes en el mundo internacional del cine. Actualmente, el cineasta vive en Los Ángeles con sus hijos y su esposa María Eladia Hagerman. Todo parece indicar que su más reciente trabajo, Babel, se Babel está convirtiendo en el más exitoso de su carrera hasta la fecha.
 
Fragmento del texto ‘‘Cazadores de mariposas’‘, escrito por el cineasta e incluido en el libro Babel, publicado por Taschen que Babel estará a la venta en librerías a partir de octubre.
 
Alguna vez soñé con la posibilidad de que los párpados pudieran retener o grabar los infinitos laberintos de imágenes que son capturadas por las retinas, y que esos párpados, impregnados como papel calca, se pudieran exprimir para extraer de ellos todos los recuerdos de nuestra vida. Sin embargo, todo esas imágenes suelen desvanecerse y son pocas las que sobreviven. Así como el presente no es sino una angustiosa rebanada de tiempo que está siendo devorada por el pasado, para mí, como director de cine, también es angustiante ver pasar a través de la ventanilla de mi auto cientos o miles de imágenes y personas que velozmente se deslizan por mi retina, de izquierda a derecha, y que desaparecerán de mi memoria a pesar de que en un solo segundo fueron capaces de plantearme infinitas preguntas e inspirarme sinnúmero de ideas. Fue hace tres años, por ejemplo, que una sola imagen en las aguas termales de Hakone, Japón, detonó en mí el deseo y la necesidad de filmar toda una historia en la urbe de los ideogramas. Decía el maestro Akira Kurosawa que ‘‘lo más bonito nunca se filma’‘. Esto parece hacerse realidad en todo set cinematográfico alrededor del mundo. El libro que ahora sostienes no es sino un intento por liberar al instante de su condena: la fugacidad. Babel es la última película de mi trilogía, iniciada por Amores perros y 21 gramos. Se trata de un tríptico de historias que explora en un nivel local, foráneo y, finalmente, global, las profundas y complejas relaciones entre padres e hijos.

La idea de hacer Babel me vino de una cierta necesidad que sólo te da el exilio y la conciencia de ser inmigrante. Es difícil vivir en un país del Primer Mundo cuando uno proviene del Tercero. Sin embargo, tu visión se hace más amplia y adquieres una nueva perspectiva. Ahora me pregunto más ‘‘¿Hacia dónde voy?’‘ que ‘‘¿De dónde vengo?’‘. Inicié el rodaje de Babel con la firme convicción de que haría una película sobre las diferencias entre los seres humanos y su incapacidad de comunicación, no sólo a causa de sus distintos lenguajes, sino por sus fronteras físicas, políticas y emocionales. Lo haría desde una perspectiva compleja y universal hasta llegar al plano más íntimo, entre dos personas.

Desde un principio, el crew estuvo formado por mexicanos, americanos, franceses, italianos, árabes, berberes y alemanes y, al final, japoneses. En paralelo al tema central de la película, sentía que a pesar de todas las herramientas que se han desarrollado para mejorar la comunicación entre los seres humanos, la realidad acababa siendo muy distinta. El problema no son las nuevas e infinitas herramientas que tenemos para comunicarnos, sino que nadie escucha. Cuando no hay nada que escuchar no hay nada que entender; si dejamos de entender, nuestro lenguaje es inútil y termina por dividirnos. Trabajar en cinco idiomas distintos y desconocidos, con actores reconocidos pero también con no-actores —la mayoría— que como en el caso de las humildes comunidades marroquíes jamás habían visto una cámara, me exigió la paciente tarea de observar y absorber. Como gitanos en un gran circo rodante, mi familia postiza —es decir mis amigos y colaboradores de siempre, sin los cuales hubiera sido imposible lograr esta aventura— y mi familia de sangre, viajamos por tres continentes durante casi un año.

Conforme fueron pasando las semanas, los meses, los rostros, las geografías y las estaciones del año, el golpe de observar tantas culturas, así como el impacto físico y psicológico del viaje, acabaron por transformarme a mí y a todos los que hicimos la película. A lo largo del viaje hubo muertes, nacimientos, situaciones intensas de alegría y de dolor, y muchas razones de fraternidad y comunión: al ser expuestos y experimentar tan profundamente tanta humanidad, no sólo nos transformamos nosotros sino también la propia película. La orgía cultural de la que participamos hizo que el proceso creativo fuera esculpiéndose hasta llegar a ser algo muy distinto y opuesto a su objetivo original, confirmando que, al fin y al cabo, una película no es sino la extensión de uno mismo. En gran parte del planeta, las fronteras y los aeropuertos se han convertido en un carnaval de desconfianza y degradación, donde se intercambian la libertad por la seguridad, el arma son los rayos X y el delito es la otredad. A pesar de todo esto, al filmar Babel confirmé que las verda- deras líneas fronterizas existen dentro de nosotros mismos, y que, más que en un espacio físico, las barreras existen en el mundo de las ideas. Me di cuenta de que lo que nos hace felices como seres humanos puede ser muy diferente, pero que lo que nos hace miserables y vulnerables, más allá de nuestra cultura, raza, idioma o posición económica, es lo mismo para todos. Descubrí que la gran tragedia humana se reduce a la incapacidad de poder amar o ser amado, y a la imposibilidad de tocar o ser tocado por este sentimiento, que es que le da sentido a la vida y a la muerte de todo ser humano. Por lo tanto, Babel se transformó en una película acerca de lo que nos une, no de lo que nos separa.

 

Publicado 22 diciembre, 2007 por Radioactivo 98.5 en Articulos

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